Llevaba ya tiempo acostumbrado Aurelio a las condiciones del mar en las grandes travesías, el tiempo se hacía permanentemente húmedo, el cuerpo se acostumbraba al bamboleo constante y el paso a tierra firme era lo que aun no lograba digerir su cuerpo aun después de tantos años. Los primeros pasos fuera del barco se sentían extraño y costaba un poco acostumbrarse algo firme bajo los pies. La Biblioteca ofrecía un espectáculo impresionante, el muro original compuesto por bajorrelieves de la mayoría de las lenguas de la antigüedad y las lenguas modernas habladas a principios del siglo veintiuno, había tenido que ser ampliado hacia los lados y hacia arriba multiplicando varias veces su tamaño para abarcar todas las lenguas habladas y escritas en la Tierra y fuera de ella de las que se tenía noticia. También la estructura inclinada que miraba hacia el mediterráneo había crecido hasta alcanzar dimensiones francamente impresionantes si se le comparaba con el pequeño semicírculo sumergido casi hasta la mitad en el agua del océano, reducto de la primera parte de la biblioteca. El crecimiento era fruto de la enorme cantidad de conocimientos que hubo que almacenar y poner a disposición de la humanidad, cuando se pensaba al construirla, ingenuamente, que el avance de la civilización había llegado a su punto más álgido. Aurelio había llegado a buscar información sobre cierta población de gitanos que había desaparecido, como acostumbraban hacer, sin haber dejado rastro. El asunto lo atormentaba de tiempo atrás, era una sensación que tenía que saciar, saber su pasado no como para vivir en él, sino para saber de dónde venía. Cuando escuchó la profecía de su sino, no lo inquietó saber que iba a pasar al final, pero si lo que había pasado antes y que no podía recordar, su conexión con esa mágica tribu era sutil, pero definitiva. Había decidido hace no mucho, embarcarse a la Gran Biblioteca de Alejandría, el viaje seria largo a través del ahora mas inmenso mar, pero las travesías aun lo emocionaban, pues no sabía lo que encontraría en el viaje.
Caminaba por el amplio pasillo con las enormes vidrieras a su izquierda, su vista se perdía hasta encontrar las velas lejanas de una embarcación cuando lo abordo el bibliotecario. Era un hombre curioso, la imagen se antojaba apacible, la primera impresión dotaba a la percepción de una acogedora calidez, sus anteojos enormes y con un aumento que multiplicaba varias veces el tamaño de sus ojos denotaba una nostalgia por tiempos antiguos ya que los problemas de visión eran ya cosa del pasado, la cabeza calva y brillante llegaba apenas a los hombros de Aurelio y su nariz prominente parecía acostumbrada a estar entre las páginas de los libros de papel que se guardaban, casi por animo nostálgico, en esa sección de la enorme estructura. Al encontrarse sus miradas, hubo una conexión definitiva, ese puente entre dos mentes que saben el valor de la palabra escrita sin menospreciar el dulce sonido del habla.
Sentados ambos apoyados en una mesa, hombro con hombro y bajo la luz de la lámpara en el techo, revisaban la enorme pila de libros que yacía ya un poco desordenada frente a ellos, los ejemplares abiertos en paginas especificas, algunos sobre otros aun sin soltar la fina capa de polvo que los cubría desde hacía ya largo tiempo, ya varias horas habían pasado desde que la búsqueda de la antigua tribu en las olvidadas paginas había comenzado. Los ojos buscaban pistas, palabras, referencias que ayudaran a Aurelio a encontrar su origen ahora que ya conocía su destino. El bibliotecario se había unido de tal forma y con tal pasión a su búsqueda que pareciera que buscaba él su propio pasado. De pronto algo pasó, súbitamente ambas miradas cayeron sobre el texto adecuado al mismo tiempo y se pusieron de pie ambos, exaltados por haber encontrado la única pista después de horas de búsqueda:
“…es así que el sol y la luna en su eterno baile cósmico señalaron a las 3 tribus esparcidas por la faz de la tierra, los Rectores en el septentrión, los Viajeros en la amplia llanura y los Cronistas en el profundo bosque…”
-Los Viajeros, tienen entonces relación con estas otras dos tribus Aurelio, debemos proseguir la búsqueda para encontrar algo más que te ayude a encontrar lo que complete tu vida, has viajado y vivido sabiendo tu fin pero sin saber tu pasado, un privilegio y una cruz que no han tenido muchos hombres a lo largo de la historia.
-No es una maldición –dijo Aurelio- es un destino, mis viajes me han llevado muchas veces ellos mismos, como parte de mi, pero jamás eh caminado sin rumbo, sigamos entonces buscando.
-Mi ayuda, puedes estar seguro, no te abandonara a pesar de que estos libros a los cuales pertenezco nos envuelvan con su manto y nos dificulten por su gran número el avance, cual ejercito de páginas.
Los días pasaron, se acumularon en meses y los textos terminaron por sobrepasar las capacidades de los dos ávidos lectores. El cansancio pesaba de una forma que pareciera que Aurelio iba tomando el aspecto apergaminado y polvoso que tenía el bibliotecario por años de convivencia con los libros.
-Creo que tendrás que comenzar el viaje para encontrar la próxima pista, pero no aquí en la biblioteca.
-Pero aun falta mucho que leer aquí, ¿como puedo dejar aquí un trabajo inacabado?
-No te preocupes Aurelio, yo me quedare aquí y seguiré la búsqueda, un día cuando regreses, podrás encontrar los resultados.
-Mi gratitud estará contigo siempre, emprenderé mi camino.
Aurelio ya caminaba rumbo al puerto para embarcarse de nuevo en su viaje continuo, cuando volteo una última vez hacia la mole de conocimientos que tenia a sus espaldas, presintiendo en su interior, que el Bibliotecario no saldría de ese edificio, que esa pasión no lo dejaría abandonar a sus libros, porque él si era susceptible a la arrasadora guadaña del tiempo.