martes 13 de octubre de 2009

El pentágono etíope.

Había caminado más de 300 kilómetros desde Addis Abeba, a pesar de que estaba acostumbrado a las largas caminatas, a la mitad de la estación seca el calor había aumentado de manera atípica y empezaba a pesarle en los curtidos pies, ya había logrado encontrar tres de los cinco animales que el brujo en Egipto le había pedido, no era normal encontrarlos en el vasto territorio de Etiopia pero ya que lo había decidido, no había marcha atrás. Era un asunto bastante místico, a lo largo de sus viajes había encontrado todo tipo de cosas e inclusive personificaciones de lo que la gente llamaba “dioses” pero esta vez el alcance de su misión era distinto, cinco animales poco comunes y algunos que no era nada probable encontrar en esa zona del mundo habían sido el objeto de su pensamiento durante los últimos dos meses, todo por ayudar a una niña. La condición era simple, una vez arribando a Addis Abeba, mandaría un telegrama a El Cairo cada vez que localizara uno de los cinco animales, y tendría que regresar ahí para avisar antes de emprender la búsqueda del siguiente. El último trecho del viaje por los montes Ahmar marcaba un punto que lo ponía a pensar la mágica forma por la que había logrado encontrar los caminos correctos, más que instinto, al tomar entre su mente la imagen del animal encontrado, ya sabía hacia donde caminar para encontrar el siguiente, como si lo hubiera sabido toda la vida…

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Había llegado a los limites del woreda, no tuvo que acercase demasiado a la ciudad de Dese para conseguir la primera visión que necesitaba, unos pequeños jugaban a las afueras de una casa, sus pieles tostadas y brillantes resaltaban el blanco inocente de sus ojos, eran solo dos, pero la alegría que irradiaban con sus cantos los hacía parecer más de uno y la forma en que jugaban, los fundía en uno solo. En un momento alzaron su vista y algo llamó su atención, un ave de grandes alas sobrevolaba en círculos, sus extremidades se abrían majestuosas para planear. Aurelio había encontrado al primero, tenía ante sus ojos un magnifico Cuervo. En un momento el vuelo del ave se interpuso entre sus ojos y el sol y así inmediatamente supo que tenía que ir al suroeste.

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Tal vez el animal que menos esperaba encontrar era el Puma, caminaba ya con la pequeña efigie de hueso en la mano y aun se preguntaba cómo había conseguido de manera tan inesperada el preciado objeto. Lo había visto detrás de una vitrina en el centro de Nekemte pero no había llamado su atención demasiado porque solo se veía el anverso de la pieza donde se dibujaban unas huellas de pies humanos. Después de comer escuchó a lo lejos la explosión que destruía varias edificaciones cercanas a la vitrina donde había visto la pieza. La gente corría de un lado a otro y Aurelio se unió a un contingente que huía a bordo de un camión con caja abierta. Fue ahí donde encontró al anciano quien en la confusión había tomado la pieza, fue hasta ese momento que notó que tenia grabada, claramente la cabeza de un Puma, ¿Qué azares habían llevado esa pieza de Norteamérica a ese lugar? Seguiría siendo un misterio, pero a cambio de algunas monedas por fin pudo tener en la mano y en la mente la segunda visión.

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Ya era de noche, acampaba en las faldas del monte Guge y la vista del lago era increíble, la luna se reflejaba sobre la superficie, aun no había señales de que visión tendría ahí pero de alguna extraña forma sabía que era el lugar correcto. Su costumbre de alejarse de la gente se hacía patente como siempre, pero esta vez como cuando arrojas la red al mar sin saber que traerá, la compañía llegó sola.

-Buenas noches- dijo el desconocido, cuyo rostro quedaba parcialmente oculto por un sombrero, en un fluido y sin acento ardid vocalizando el idioma de Aurelio.

-Lo saludo igual, que la noche le traiga buenas nuevas- contestó Aurelio.

-¿Que lo trae a estas tierras? Llevo un rato observándolo y parece que espera algo.

-Así es, esto va a sonar extraño, pero espero tener una especie de visión.

-Este es un lugar que puede contribuir a eso, creo que usted hizo una buena elección.

-¿Y usted que hace aquí? Si me permite preguntarlo- terminó con respeto.

-Yo, camino y aprendo, trato de entender a la gente, ahora comienzo a leer, busco entre los viajeros que alguien me regale un libro, pero uno que sea un buen primer paso.

Aurelio miró a la luna reflejada en la superficie del lago, recordó entonces que entre los libros que siempre traía en su mochila estaba uno que contaba una historia que no necesitaba un lago para ir a Selene. Metió la mano y lo sacó, con la seguridad de quien sabe donde están las cosas.

-Tome, es De la Tierra a la Luna, de Julio Verne, a propósito de viajes impresionantes.

El hombre se descubrió lentamente la cabeza y con familiaridad tomó el libro de manos de Aurelio.

-Muchas gracias, supongo que esto era lo que esperábamos, me refiero a usted y a mí por supuesto.

Acto seguido, se levantó y comenzó a caminar cuesta arriba. Aurelio desvió la mirada sonriente para encontrarse con el calor de la fogata y al voltear a ver al desconocido, solo se encontró con los dos ojos brillantes en la inmensidad de la noche de un Guepardo, que balanceo la cabeza en señal de saludo y emprendió la carrera, raudo y veloz como el viento.

… Llegó por fin a Dire Dawa, caminar por las vías del tren siempre le gustó, eran caminos solitarios, solo llenos de vida cuando el convoy pasaba sobre ellos, a sus espaldas escuchó el sonido del tren que se acercaba. Salió del camino para dar paso a la mole de metal y observó a la gente que iba en los vagones de carga, muchos de ellos con el pecho descubierto para atenuar el calor, seguramente algunos irían hasta la costa en el Golfo de Adén. Fue entonces cuando lo vio, un hombre moreno, de espaldas a Aurelio, con la piel curtida por la intemperie y con un tatuaje que abarcaba toda la espalda.

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El tatuaje era un Dragón, que con las alas extendidas emprendía el vuelo a la libertad, ahora de una forma igual de extraña que las anteriores, sabía que tenía que ir al lago Tana. Había tenido la cuarta y penúltima visión.

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El monasterio quedaba rodeado por la majestuosa extensión del lago, la luz del ocaso comenzaba a menguar, pero el sol aun no se ocultaba por el horizonte, Aurelio había remado toda la tarde para llegar ahí. Encontrar un Jaguar en mitad de un lago en Etiopia no parecía algo común, ni siquiera había el mismo continente en ese pensamiento, pero después de todo, la forma en cómo encontró a los otros 4 animales tampoco había sido de lo más común. Al entrar al recinto, observo con atención las paredes envejecidas a través de los pacientes años. Todas las puertas se encontraban o bien, cerradas o tapiadas para impedir el paso. Siguió caminando por los pasillos hasta encontrar una esquina de donde provenía una luz de un tono dorado. Atrapado por la curiosidad, buscó la puerta de donde provenía el resplandor, franqueo con duda el marco para encontrarse con un objeto curioso. Un espejo. Su posición inclinada lograba que el sol a esa hora del día se reflejara en el marco de la puerta iluminando el pasillo. En ese momento la tierra y su movimiento lograron que los rayos del sol no incidieran mas sobre el espejo y la habitación quedara en una penumbra dorada. Aurelio se acercó al espejo para encontrarse con la imagen nítida de un Jaguar, que al pestañear se había ido para dar paso a su propio reflejo recostado por el cristal.

-Decididamente tengo que ir a la selva Maya- dijo en voz alta.

Media hora después navegaba por el lago para tomar el Nilo Azul y llegar a el Cairo, su mente divagaba, pero su espíritu estaba cierto que el esfuerzo bien había valido la pena por la vida de una niña con un futuro prometedor.

jueves 10 de julio de 2008

El arete de Aurelio, o el paso de Cabo de Hornos.

El tiempo le regalaba a Aurelio un húmedo ambiente en Cabo de Hornos. Agua por todas partes, el aire se sentía cargado de humedad por la espesa niebla, su cara y su cabello goteaban por la brizna que había ocurrido hace media hora y de la cintura hacia abajo el agua escurría los excesos que salpicaban las olas del embravecido mar a los pies de la roca donde se encontraba. Los acantilados a su alrededor le producían una sensación de tranquilidad, estaba ahí, con los ojos cerrados y los brazos abiertos solo disfrutando de la soledad del momento, habían pasado apenas 2 meses según su cuenta desde que inició su viaje.

Había pasado una ráfaga de viento especialmente particular cuando sintió un tirón en la chamarra de cuero que traía puesta y que ya empezaba a evidenciar un viaje que aun tenia muchas cosas que decir. Aurelio volteo y vio a una mujer. A decir verdad la situación parecía poco probable, después de todo el había caminado solo los últimos días y no había tenido compañía de nadie. La baja estatura de la mujer contrastaba con la de Aurelio que si bien no era demasiado alto si se encontraba arriba del promedio de los de su nación.

-¿Porque me miras? Dijo ella con un tono un poco demasiado confiado.

Aurelio sinceramente sorprendido por el carácter recto de la pregunta, dudó un poco antes de responder, le costaría trabajo acostumbrarse a ese tipo de preguntas ya que a lo largo de sus viajes serian un común denominador en muchos de ellos.

-Pues en realidad estoy muy sorprendido de encontrar a alguien aquí.

-Lo mismo podría decir yo, ¿no crees?

-Si, supongo -respondió con cautela- ¿Como te llamas?

-El nombre es lo de menos, el hecho es que creo que estoy enamorada de ti.

-¿Como es posible eso?, si en realidad acabamos de conocernos. La situación empezaba a parecerle bochornosa.

-¿A que viniste aquí?

-Pues estoy en un viaje, y mi camino me trajo hasta aquí, estaba disfrutando del entorno.

A decir verdad, la chica le causaba intriga, cierta fascinación, pero un poco de miedo, la siguiente pregunta podría significar mucho, podría indicar que habría encontrado un espíritu parecido al suyo. En este punto su mente comenzó a volar, se imagino terminar su viaje ahí, y quedarse con la mujer, hacer una vida y vivir tranquilo. ¿En realidad podría dormir tranquilo sabiendo que había a su lado alguien que podría disparar tan repentinamente una pregunta tan fuera de lugar en ese sitio? Basta. Detente. “Apenas la acabas de conocer”, se dijo a si mismo. Tomo aire y se dispuso a preguntar.

-¿Tu porque estas aquí?

La chica abrió los ojos desmesuradamente y respondió:

-¿Bromeas? Esta planta que esta aquí…

Se agachó y le señaló a Aureliano que hiciera lo mismo.

-Es el único lugar donde vive, y me parece realmente fascinante.

-Cuando llegué también vi la planta, a decir verdad me maravilló que hubiera una planta tan bella en un entorno tan hostil, pero termine por fundirla en el ambiente cuando empecé a maravillarme por el agua, el aire, las nubes, las rocas e inclusive la nave de 3 palos que se ve a lo lejos y que maniobra con desesperación por entre los acantilados. Creo que la comprendo. Por vivir aquí, también aguantaría el viento y la lluvia.

Ella no parecía entender todo lo que Aurelio decía, sin embargo parecía fascinada.

-¿No te parece suficiente razón para venir aquí el ver a esta pequeña plantita? A mi me parece que si. ¿Quieres quedarte conmigo aquí?

Entonces Aurelio tomó la decisión que le pareció mas apropiada, irse de ahí y dejar a la mujer con su bella planta.

-Hasta luego señorita, intentare alcanzar aquel barco cuando atraque mas al norte en costa segura.

Y emprendió el ascenso por la roca que estaba justo detrás de ellos, al principio dudó y quiso regresar, pero su alma le indico que lo mejor era alejarse de manera rápida.

Al subir, la mujer seguía hablando sola, o intentando hablar con el, aun después de un rato de ascenso seguía escuchándose el rumor de sus palabras a sus espaldas.

Llegó al sendero y se sentó en una roca. Suspiró. Estuvo a punto de perder la oportunidad de seguir su viaje por un momento de tontería. Decididamente la mujer tenía un estado mental que de alguna forma compartió por unos minutos. Estaba respirando agitadamente, había pasado una prueba dura y probablemente pocos entenderían que tan cerca estuvo de quedarse ahí. Sacó de la mochila la argolla y por un momento se unió a la tripulación de la nave que atravesaba el cabo de hornos, al igual que ellos había pasado el cabo a su manera, la puso en la oreja izquierda de un solo pase por el lóbulo. Se puso de pie y comenzó a caminar con un hilo de sangre escurriendo por el cuello. El tiempo que había pasado en el cabo había parecido mucho, sin embargo era ínfimo comparado con las aventuras que le esperaban, era solo el inicio del viaje.

Aurelio sin dios

Sentados junto a la fogata lograban escuchar a lo lejos las mentadas de madre y los improperios que iba lanzando Aurelio al aire mientras se acercaba.

-¡Maldita sea, no entienden nada! Años intentando convencerme a mi mismo, a esos súmenle los que eh gastado en hacer entender esto a los demás, para que me salgan con esto, ¡Con esto!

Jesucristo alzó la cabeza, dejo de lado el pedazo de carne que estaba degustando y alzo la mirada hacia Aurelio.

-¿Y ahora porque gritas? ¿Que paso?

-Si, no manches –dijo Krishna, que tenia un bistec de res en el plato de madera- tratamos de comer a gusto, de pasar un buen rato juntos y vienes a perturbar la comida.

Aurelio estaba que no cabía en si mismo del coraje, daba vueltas de un lado a otro, arrojaba cosas contra los árboles y pateaba lo que se le ponía a su paso, haciendo caso omiso a los comentarios de sus amigos. En medio del ruido lo interrumpió Quetzalcoatl agarrándole la pierna con la cola escamada.

-Ya cálmate Au, a ver, explícanos que paso.

-Concuerdo con el emplumadin –agrego Buda- , no nos vemos en un buen rato, nos quedamos para venir a acampar una vez al año y solo vienes a lanzar blasfemias al aire. Los demás ríen con la broma.

Ya un poco relajado con las risas de sus cuates, empieza a contarles lo que le paso.

-Ok, perdí el disparejo, va, yo voy por las tortillas dije. Iba muy tranquilo al pueblo dispuesto a comprar el kilo que nos faltaba para los tacos, llegue a la tortillería pedí el kilo de tortilla y ya, todo iba bien. Digo, no me imaginaba que por aquí no hubiera llegado la noticia, neta chavos me eh esforzado por difundirla y todo, uno se espera la mas mínima reacción de la gente ¿no?. Total, me dan las tortillas, me doy la vuelta, y en eso la señora que me dice: Buenas tardes joven, vaya con Dios. Carajo. Tanto pinche tiempo esforzándome para ir solo y me sale con esto, digo no es que no aprecie la compañía chavos pero uno espera un poco de reconocimiento, digo, librarse de ustedes no es cosa fácil.

Después de un instante de silencio, los demás no aguantaron más y se echaron a reír a carcajadas. Aurelio, con cara de sorprendido no pudo aguantarse el coraje y dijo:

-Chingadamadre, y encima vengo a que ustedes se burlen de mi.

Dio media vuelta, mientras los demás seguían riendo, se fue caminando al monte, para ver si esta vez, lograba estar un rato solo.

Aurelio y el páramo de la fuente del Saber

1

Iba Aurelio caminando por la selva negra una tarde, llevaba ya algunas semanas explorando la zona y disfrutando del frío ambiente del invierno. La última vez que estuvo en un embalse de la vida moderna fue en Friburgo donde aprovecho para ver algunos edificios y conseguir algunas provisiones. Desde ese punto había caminado por el bosque en diversas direcciones sin seguir un rumbo fijo y definido, tratando de eludir las pequeñas poblaciones que había en la zona y solo mirándolas desde lejos. Si llegaba a las inmediaciones de una ciudad durante la tarde le gustaba quedarse en una loma sentado viendo el atardecer mientras se iban encendiendo los faroles de las calles y se oían los ruidos festivos de las tabernas. Después caminaba unas horas bosque adentro y levantaba su refugio para pasar la noche.

Así había transcurrido el día anterior, sin muchos contratiempos, el sendero que Aurelio caminaba se veía rodeado por una densa galería de árboles a los lados y hacia arriba, poca luz llegaba desde la parte superior, pero al caminar algo gradualmente fue cambiando, poco a poco y de manera casi imperceptible la luz que inundaba el camino se fue tornando mas liquida, tomando un tono verde, cual si hubieran sumergido todo el entorno en un gigantesco estanque lleno de agua con ciertas propiedades mágicas. Al mismo tiempo el aire tomo una fragancia dulce, suave, con matices que recordaban un deja vu de algo indefinido. Aurelio lo noto realmente cuando todo estaba demasiado cambiado, las rocas y los contornos de los árboles brillaban con un tenue halo verde. Sinceramente sacado de onda se detuvo a observar y a escuchar, a lo lejos se percibía el ruido de agua corriendo, fuera de eso los demás sonidos parecían haber no desaparecido, pero si menguado de una forma extraña, como si simplemente hubieran bajado el volumen. Se encamino entonces hacia el lugar de donde provenía el sonido del agua, no quedaba demasiado lejos según calculó y aprovecharía para llenar las cantimploras.

Al salir al claro donde debería estar el arroyo, se encontró con un espectáculo peculiar, en lugar de un arroyo común, bajaba por una peña una especie de cascada, pero bastante extraña ya que en lugar de caer vertiginosamente en sentido vertical, el agua seguía caprichosamente el contorno de la peña dando la impresión (y parece ser que en realidad así era) de que era un río en posición vertical, al llegar al piso el agua simplemente cambiaba de dirección y seguía el nivel del piso hasta una pila de roca, con símbolos extraños alrededor, esta pila hacia las veces de fuente, pero el cauce de agua desaparecía ahí mismo en el continuo brotar de la fuente. A unos veinte metros de la fuente en dirección oeste, justo a la derecha de Aurelio había un cobertizo de roca, alzado con pilares tallados con delicadeza, dentro del cobertizo había dos formas de vida, un hombre y un caballo.

Pareció ser, que en el mismo instante, Aurelio y el hombre se percataron de la presencia del otro. Aurelio bajó la mochila y saludó con la mano como solía hacerlo. Sin embargo la reacción del caballero fue un poco mas extraña a ojos del buen Au. Raudo, el desconocido se empezó a vestir con una armadura de color plata como si su vida dependiera de ello. El yelmo carecía de penacho y en el pecho del plaquín se dejaba ver la figura de un caballero con un hacha en la mano. Inmediatamente después de ajustarse los guanteletes y enfundar una poderosa espada al cinto, subió al caballo que estaba ensillado ya y tomo del soporte una lanza, durante este proceso que no había durado mas de 3 minutos, Aurelio se había quedado quieto, fascinado con el evento sin siquiera pensar en el peligro que podía correr, lo único que portaba que se parecía a un arma era una navaja suiza que le habían regalado en el Tíbet.

Al llegar cabalgando el individuo hasta ahora desconocido a las cercanías de Aurelio, se detuvo galantemente ofreciendo una majestuosa vista de tres cuartos de su indumentaria, que combinado con el portentoso fondo y la extraña luz que persistía a pesar de que estaban al aire libre, ofrecía una gala a los ojos pocas veces disponible para la gente común.

-¿Cual es vuestro nombre y por que razón osáis entrar en el Páramo de la Fuente del Saber?

Sorprendido ante la contundencia de la pregunta pero más bien intrigado, respondió:

-Me llamo Aurelio y algunos me llaman el viajero, he estado recorriendo el bosque y me interne en la zona sin saber que aquí se encontraba este hermoso paraje, de ninguna manera me disponía a importunar u ofender a nadie.

-Habláis de manera extraña, y la forma en que os presentasteis es bastante incorrecta pero lo menos que un Caballero puede pedir es que se dirijan hacia el con respeto, y creo que en tus palabras hay algo de eso, sobre todo si no sabéis a quien te diriges.

-Entonces para hablar de manera mas correcta y dirigirme a usted de una forma menos irrespetuosa para evitar una afrenta temprana me gustaría saber quien guarda este bello lugar.

-Soy el Guardián del Páramo de la Fuente del Saber, heredero de las llaves de la ciudad de Clavis-Gil, capitán de los antiguos ejércitos del Hacha Dominante, hijo de Dagoreth V, caballero de la noble orden de la llama verde, mi nombre es Sir Dagoreth VI.

Entonces Aurelio cayó en la cuenta de que es lo que el Caballero consideraba una presentación respetuosa.

2

Podían haber pasado muchas horas de noche obscura y desafiante en cualquier otro lugar del mundo, sin embargo en aquel paraje donde se encontraba la Fuente del Saber, parecía un instante, todo el ambiente lleno de luz ambarina y verde. Dentro del cobertizo de roca, se encontraban sentados y compartiendo la humilde comida Aurelio y el misterioso caballero que se hacia llamar Dagoreth, ambos hace un rato platicaban y ya habían hecho migas suficientes para pasar por alto las hostilidades, era agradable para Aurelio encontrar de vez en cuando otro espíritu con el cual fuera tan íntimamente compatible. 

-Hace ya mucho que nadie encontraba este páramo, aquí el tiempo pasa de manera distinta, no podría deciros cuantos años han pasado.

-¿Porque crees que dejaron de venir?

Por un momento, la vista de Sir Dagoreth se perdió en las inscripciones de las columnas del cobertizo, parecían haber sido talladas en la roca viva, aun podían distinguirse vetas de distintos minerales que atravesaban toda la estructura y si se ponía especial atención en los diseños, podría uno darse cuenta que en realidad alguna vez había sido una sola pieza de roca.

-El páramo se mueve, en realidad nunca esta en el mismo lugar, para encontrarlo, se tiene que caminar con la mente abierta y el corazón dispuesto a creer, es por eso que muchos caminantes de los bosques llegaban aquí con frecuencia. Al caminar por cualquier zona arbolada del mundo, y empezar a notar los sutiles cambios en la fina tela del mundo es muy probable que se encuentre uno aquí. Hubo un tiempo en el que muchos caballeros llegaban, recuerdo que muchos buscaban el Grial y este era un buen paso para encontrarlo.

-La fuente tiene algo que ver con el Grial?

-No directamente diríais voz, es mas bien una buena ayuda si lo que buscas es la Santa Copa.

-¿Sabes? Allá afuera el mundo ha cambiado mucho, la gente ya no usa armaduras ni caballos. Creo que han dejado inclusive, a excepción de unos pocos, de buscar el Grial, todo se va en iPods, Internet, alcohol, drogas y ocio.

-Usas palabras que no conozco y no termino de entender.

-Me refiero a que las grandes empresas, las verdaderamente importantes se han ido perdiendo en el tiempo o en el espacio, inclusive en ambos.

-¿Entonces terminó la Gran Búsqueda? Yo ya llevaba aquí mucho cuando inició y cuando aun llega algún viajero siempre me gusta preguntar si ha habido logros.

-En realidad no creo que llegara a termino, pienso que el espíritu fue menguando, carajo, las cosas hubieran sido muy distintas de haberse restaurado el Reino.

Una hora después Aurelio emprendía de nuevo el camino por la vereda, Sir Dagoreth se alejo un poco del claro de la fuente para encaminarlo en el profundo camino de regreso al mundo que todos los demás conocían.

-Fue un verdadero placer compartir un poco de tiempo contigo Sir Dagoreth.

-Lo mismo digo de vos, Aurelio, y tienes razón a veces seria mejor un nombre así de humilde.

-Seguiré pues mi camino.

-¡Buen camino!

Aurelio escuchó como los cascos del corcel en el que iba montado el caballero se detenían para luego empezar a alejarse por el camino de vuelta. Gradualmente y de nuevo de manera casi imperceptible, el bosque regreso a su forma natural, volvieron los cantos y ruidos de la naturaleza, Aurelio seguía caminando cuesta abajo cuando repentinamente se volvió a ver sus pisadas y dijo en voz alta y con un franco tono de decepción:

-Carajo, y lo único que no pregunte, fue para que servia el agua de la fuente.

Se quedó dos minutos callado y con una expresión de alegría prosiguió su camino.