Había caminado más de 300 kilómetros desde Addis Abeba, a pesar de que estaba acostumbrado a las largas caminatas, a la mitad de la estación seca el calor había aumentado de manera atípica y empezaba a pesarle en los curtidos pies, ya había logrado encontrar tres de los cinco animales que el brujo en Egipto le había pedido, no era normal encontrarlos en el vasto territorio de Etiopia pero ya que lo había decidido, no había marcha atrás. Era un asunto bastante místico, a lo largo de sus viajes había encontrado todo tipo de cosas e inclusive personificaciones de lo que la gente llamaba “dioses” pero esta vez el alcance de su misión era distinto, cinco animales poco comunes y algunos que no era nada probable encontrar en esa zona del mundo habían sido el objeto de su pensamiento durante los últimos dos meses, todo por ayudar a una niña. La condición era simple, una vez arribando a Addis Abeba, mandaría un telegrama a El Cairo cada vez que localizara uno de los cinco animales, y tendría que regresar ahí para avisar antes de emprender la búsqueda del siguiente. El último trecho del viaje por los montes Ahmar marcaba un punto que lo ponía a pensar la mágica forma por la que había logrado encontrar los caminos correctos, más que instinto, al tomar entre su mente la imagen del animal encontrado, ya sabía hacia donde caminar para encontrar el siguiente, como si lo hubiera sabido toda la vida…
1
Había llegado a los limites del woreda, no tuvo que acercase demasiado a la ciudad de Dese para conseguir la primera visión que necesitaba, unos pequeños jugaban a las afueras de una casa, sus pieles tostadas y brillantes resaltaban el blanco inocente de sus ojos, eran solo dos, pero la alegría que irradiaban con sus cantos los hacía parecer más de uno y la forma en que jugaban, los fundía en uno solo. En un momento alzaron su vista y algo llamó su atención, un ave de grandes alas sobrevolaba en círculos, sus extremidades se abrían majestuosas para planear. Aurelio había encontrado al primero, tenía ante sus ojos un magnifico Cuervo. En un momento el vuelo del ave se interpuso entre sus ojos y el sol y así inmediatamente supo que tenía que ir al suroeste.
2
Tal vez el animal que menos esperaba encontrar era el Puma, caminaba ya con la pequeña efigie de hueso en la mano y aun se preguntaba cómo había conseguido de manera tan inesperada el preciado objeto. Lo había visto detrás de una vitrina en el centro de Nekemte pero no había llamado su atención demasiado porque solo se veía el anverso de la pieza donde se dibujaban unas huellas de pies humanos. Después de comer escuchó a lo lejos la explosión que destruía varias edificaciones cercanas a la vitrina donde había visto la pieza. La gente corría de un lado a otro y Aurelio se unió a un contingente que huía a bordo de un camión con caja abierta. Fue ahí donde encontró al anciano quien en la confusión había tomado la pieza, fue hasta ese momento que notó que tenia grabada, claramente la cabeza de un Puma, ¿Qué azares habían llevado esa pieza de Norteamérica a ese lugar? Seguiría siendo un misterio, pero a cambio de algunas monedas por fin pudo tener en la mano y en la mente la segunda visión.
3
Ya era de noche, acampaba en las faldas del monte Guge y la vista del lago era increíble, la luna se reflejaba sobre la superficie, aun no había señales de que visión tendría ahí pero de alguna extraña forma sabía que era el lugar correcto. Su costumbre de alejarse de la gente se hacía patente como siempre, pero esta vez como cuando arrojas la red al mar sin saber que traerá, la compañía llegó sola.
-Buenas noches- dijo el desconocido, cuyo rostro quedaba parcialmente oculto por un sombrero, en un fluido y sin acento ardid vocalizando el idioma de Aurelio.
-Lo saludo igual, que la noche le traiga buenas nuevas- contestó Aurelio.
-¿Que lo trae a estas tierras? Llevo un rato observándolo y parece que espera algo.
-Así es, esto va a sonar extraño, pero espero tener una especie de visión.
-Este es un lugar que puede contribuir a eso, creo que usted hizo una buena elección.
-¿Y usted que hace aquí? Si me permite preguntarlo- terminó con respeto.
-Yo, camino y aprendo, trato de entender a la gente, ahora comienzo a leer, busco entre los viajeros que alguien me regale un libro, pero uno que sea un buen primer paso.
Aurelio miró a la luna reflejada en la superficie del lago, recordó entonces que entre los libros que siempre traía en su mochila estaba uno que contaba una historia que no necesitaba un lago para ir a Selene. Metió la mano y lo sacó, con la seguridad de quien sabe donde están las cosas.
-Tome, es De la Tierra a la Luna, de Julio Verne, a propósito de viajes impresionantes.
El hombre se descubrió lentamente la cabeza y con familiaridad tomó el libro de manos de Aurelio.
-Muchas gracias, supongo que esto era lo que esperábamos, me refiero a usted y a mí por supuesto.
Acto seguido, se levantó y comenzó a caminar cuesta arriba. Aurelio desvió la mirada sonriente para encontrarse con el calor de la fogata y al voltear a ver al desconocido, solo se encontró con los dos ojos brillantes en la inmensidad de la noche de un Guepardo, que balanceo la cabeza en señal de saludo y emprendió la carrera, raudo y veloz como el viento.
… Llegó por fin a Dire Dawa, caminar por las vías del tren siempre le gustó, eran caminos solitarios, solo llenos de vida cuando el convoy pasaba sobre ellos, a sus espaldas escuchó el sonido del tren que se acercaba. Salió del camino para dar paso a la mole de metal y observó a la gente que iba en los vagones de carga, muchos de ellos con el pecho descubierto para atenuar el calor, seguramente algunos irían hasta la costa en el Golfo de Adén. Fue entonces cuando lo vio, un hombre moreno, de espaldas a Aurelio, con la piel curtida por la intemperie y con un tatuaje que abarcaba toda la espalda.
4
El tatuaje era un Dragón, que con las alas extendidas emprendía el vuelo a la libertad, ahora de una forma igual de extraña que las anteriores, sabía que tenía que ir al lago Tana. Había tenido la cuarta y penúltima visión.
5
El monasterio quedaba rodeado por la majestuosa extensión del lago, la luz del ocaso comenzaba a menguar, pero el sol aun no se ocultaba por el horizonte, Aurelio había remado toda la tarde para llegar ahí. Encontrar un Jaguar en mitad de un lago en Etiopia no parecía algo común, ni siquiera había el mismo continente en ese pensamiento, pero después de todo, la forma en cómo encontró a los otros 4 animales tampoco había sido de lo más común. Al entrar al recinto, observo con atención las paredes envejecidas a través de los pacientes años. Todas las puertas se encontraban o bien, cerradas o tapiadas para impedir el paso. Siguió caminando por los pasillos hasta encontrar una esquina de donde provenía una luz de un tono dorado. Atrapado por la curiosidad, buscó la puerta de donde provenía el resplandor, franqueo con duda el marco para encontrarse con un objeto curioso. Un espejo. Su posición inclinada lograba que el sol a esa hora del día se reflejara en el marco de la puerta iluminando el pasillo. En ese momento la tierra y su movimiento lograron que los rayos del sol no incidieran mas sobre el espejo y la habitación quedara en una penumbra dorada. Aurelio se acercó al espejo para encontrarse con la imagen nítida de un Jaguar, que al pestañear se había ido para dar paso a su propio reflejo recostado por el cristal.
-Decididamente tengo que ir a la selva Maya- dijo en voz alta.
Media hora después navegaba por el lago para tomar el Nilo Azul y llegar a el Cairo, su mente divagaba, pero su espíritu estaba cierto que el esfuerzo bien había valido la pena por la vida de una niña con un futuro prometedor.